Puerto Calderón

“Es el ancón una ancha herradura, abierta en el continente por el incesante embestir de las olas. Su callo oriental de redonda cima, tajado y escueto, se apellida el Poyo; el cayo occidental llaman los rústicos las Barcas, acaso porque a alguno se lo parecieron las rocas que a flor de agua sacan su erizada frente, mal agarradas a la roca madre.”

Así describe mi bisabuelo, Amos de Escalante, en el arranque de su novela histórica “Ave Maris Stella” al protagonista de este artículo, Puerto Calderón.

Puerto Calderón, más que puerto, es una ensenada bravía, que se abre al mar, quizás en demasía como para que haya podido ser considerado nunca un abrigo seguro. Pero, a pesar de su complicado acceso, las embarcaciones la han utilizado profusamente a lo largo de la historia. La dificultad que conlleva su arribada, es la que le ha aparejado un halo de misterio, de leyenda, que confiere al Puerto su enorme atractivo.

En la novela de Don Amós, que es como nos referimos a él con cariñoso respeto en el ámbito familiar, sirve de punto de desembarco para uno de los protagonistas de la historia, llegado desde Flandes. La arribada, envuelta en misterio, se realiza justamente en Puerto Calderón, para evitar encuentros desafortunados, y conseguir la mayor discreción posible. La ensenada está rodeada de montes, lo que la oculta a la vista de extraños, y alejada de caminos, por lo que para ir hasta ella lo tienes que hacer ex profeso. Vamos, que generalmente uno no llega ahí por azar, o porque pasaba por la zona casualmente.

Cuentan los del lugar, que ya los romanos utilizaban frecuentemente el puerto, para hacer acopio de los excelentes limones del cercano Novales, con los que combatían el escorbuto. Pero eso es obviamente una leyenda muy alejada de la realidad. Al menos en lo concerniente a los motivos por los que los romanos lo utilizaban, ya que está comprobado que si lo hicieron de forma regular y continuada. De hecho, algunos historiadores sitúan aquí, en lugar de en Suances, el Portus Blendium romano.

La ensenada ha sido testigo de muchas y numerosas actividades legales, y puede que de muchas más ilegales, ya que era un lugar muy utilizado por contrabandistas, piratas, y gente dada a todo tipo de actividades al margen de la ley.

Los submarinos alemanes también le dieron su papel en la historia, eso si, dentro de su particular ley, pues era un punto habitual de avituallamiento, y descanso de los lobos grises. La profundidad de las aguas del puerto, permitía que los UBoot, pudieran acceder sin ningún problema, y escabullirse sumergiéndose de inmediato, si las circunstancias se torcían, y había que salir a escape. Seguramente los acantilados de Puerto Calderón, fueron testigos de embarques y desembarcos de gran cantidad de espías nazis, y de jerarcas que huían de la derrota del Reich de los mil años.

Posteriormente, ya en el siglo XX, la Compañía Asturiana del Zinc construyó un pequeño muelle, para dar salida al mineral que extraía en la zona. Aún se pueden ver las bocaminas en los acantilados que rodean el puerto. Las instalaciones, ya en desuso, fueron aprovechadas por pescadores, que descolgaban las embarcaciones ligeras por medio de cables, hasta las encrespadas aguas de la ensenada. Aún podemos ver tolvas, vagonetas, canales de agua para el lavado del zinc, y hornos para el fundido del mineral, diseminados entre casamatas medio derruídas, y grandes bloques de cemento.

Pero leyendas e historia aparte, el atractivo de Puerto Calderón se alimenta, en primer lugar, de la belleza de la propia ensenada, y de los paisajes que la circundan. Como bien dice mi bisabuelo, tiene forma de herradura, cuyos extremos se rematan por dos cabos altaneros. La belleza del sitio es innegable, y las profundas y verdes aguas, que rara vez están calmadas, nos hacen imaginar aventuras y desventuras que a buen seguro se desarrollaron en sus inmediaciones, hasta darle la particular personalidad que tiene hoy en día.

En coche se puede llegar desde Oreña, por una estrecha carretera asfaltada, que muere en el mismo puerto. Desde Ubiarco hay un precioso sendero costero, que es mi preferido, por el que en unas pocas horas llegas hasta Puerto Calderón. Desde el puerto se puede seguir por la senda hacía poniente, descubriendo rincones insólitos, de los que un día os hablaré más detenidamente. Por ahora quedémonos con Puerto Calderón, para el que me han faltado aún muchas palabras.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.