Amaya, la capital de Cantabria

En esta ocasión nos vamos fuera de nuestra región, pero no os alarméis, seguimos dentro del corazón de Cantabria, al menos de la “vieja Cantabria”.

En concreto nos desplazamos al norte de la provincia de Burgos. Los pueblos antiguos no sabían de estas fronteras actuales, en las que priman intereses completamente distintos a los que antaño delimitaron sus territorios. Así, nos encontramos que la mayor parte de los castros importantes de la Cantabria prerromana, hoy se encuentran en las provincias de Burgos y Palencia.

Amaya fue uno de los únicos castros que sobrevivió más allá de esa época, para jugar un papel de enorme importancia en los siguientes siglos; fue la capital de los cántabros.

Acceso a Peña Amaya

¿La capital de los cántabros tienen nombre vasco? Pues no. Amaya es un topónimo de origen indoeuropeo, que viene a significar algo así como “ciudad madre”, que podríamos asimilar a capital. La confusión viene de la mano del escritor Navarro Villoslada, que en 1879 publicó la novela “Amaya o los vascos del siglo VIII”. Una novela historicista, sin ninguna base científica, en la que uno de los personajes principales es una princesa vasca, Amaya, lo que deriva en la confusión acerca del origen del nombre.

Amaya, o mejor dicho lo que queda de ella, está encaramada en una inmensa muela, a 1377 m. de altura, en el municipio de Sotresgudo. No queda mucho de la orgullosa capital, hasta el punto de que hay que echarle un poco de imaginación para rememorar su esplendor. Muchos expertos que dudan de este supuesto esplendor, basándose en la falta de restos. No nos meteremos en polémica, y como Navarro Villoslada, vamos a aliarnos con la fantasía.

Durante la época romana no debió de ser un castro de primera fila, ya que los registros no la citan entre los principales asentamientos cántabros. Las excavaciones han demostrado que estaba habitado, pero la cercanía del importante castro de La Ulaña, descarta que fuera una gran población. Eso si, los romanos destinaron a la peña un destacamento militar, ya que se han encontrado estelas funerarias de los siglos I y II.

Cuando de verdad adquiere su capitalidad, y la importancia que tuvo para Cantabria, es a partir del reinado de los godos.

En 574, el rey Leovigildo toma la ciudad, sometiendo a sus pobladores, y creando el Ducado de Cantabria, dependiente del Reino Visigodo de Toledo.

Ruinas poblado Peña Amaya
Ruinas poblado Peña Amaya

Durante la conquista musulmana, muchos visigodos se refugian en el norte, uno de cuyos principales centros es Amaya, que los ocupantes atacan y conquistan en 712. De la debacle logra escapar el Dux Pedro de Cantabria, padre del futuro Alfonso I de Asturias. Alfonso se casó con la hija de Don Pelayo, Hermesinda, dando lugar a la dinastía de reyes asturianos, descendientes por tanto de un Dux cántabro, y de un noble de Cosgaya. Alfonso I repobló posteriormente Amaya, siendo uno de los primeros territorios “reconquistados” al sur de la cordillera.

Poblado de Peña Amaya desde el castillo
Poblado de Peña Amaya desde el castillo

El conde Rodrigo, se apoya en la ciudad amurallada, a la hora de ir ocupando territorios más al sur, iniciando el germen de una incipiente Castilla. Progresivamente, y al desplazarse la frontera hacía el sur, la ciudad va perdiendo protagonismo en favor de las poblaciones situadas en los valles, y declina, hasta que en el siglo XIV se abandona casi por completo.

Paso entre las dos peñas, la del castillo y Amaya.

La muela en la que se asienta es impresionante, y su visita bien merece recorrer los kilómetros que la separan de Cantabria. Se puede acceder hasta la misma puerta del castro en coche. Desde ahí nos adentramos, a través de una impresionante trinchera de piedra, en la planicie que está debajo de las dos muelas que conforman Peña Amaya; la del Castillo y Peña Amaya propiamente dicha. En la planicie es donde encontramos los restos más visibles de las construcciones de los antiguos pobladores.

La peña del Castillo albergó una fortaleza medieval, que sobrevivió unos cuantos años al declive de la ciudad. Poco queda de sus restos, por lo que hay seguir haciendo trabajar a la imaginación. Separada del Castillo, está Peña Amaya, una impresionante meseta, que alberga un basta planicie barrida por los vientos.

Los restos, como ya  os he dicho, son escasos, pero la peña es impresionante, y destila algo que hace volar nuestra imaginación, y que inflama nuestros corazones. Os invito a que lo comprobéis vosotros mismos.

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